León XIV: «solo el perdón libera» y abre un camino de reconciliación
Perdonar libera, educa el corazón y construye una humanidad reconciliada. El perdón no borra el daño: libera a la persona del rencor y abre un camino de reconciliación, responsabilidad y esperanza.
El perdón es una expresión de libertad. No significa negar el daño sufrido, justificar una injusticia ni olvidar aquello que ocurrió. Significa, más bien, decidir que el dolor y el rencor no tendrán la última palabra sobre la propia vida. Esta perspectiva estuvo presente en la enseñanza del Papa León XIV durante el Ángelus del 13 de septiembre de 2026, en la Plaza de San Pedro, a partir del Evangelio de Mateo (18,21-35)
Jesús presenta el perdón como una dimensión esencial de la vida cristiana. La referencia a “perdonar siete veces» expresa, en el lenguaje bíblico, una disposición generosa y plena. El propio Cristo lleva esta enseñanza hasta la cruz, cuando pide al Padre por quienes lo persiguen: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).
Pero perdonar no siempre es fácil. Hay heridas que necesitan tiempo, acompañamiento y un proceso interior. Por eso, una cultura del perdón no puede construirse desde la presión de olvidar rápidamente lo ocurrido. Debe comenzar por reconocer el dolor, proteger a quien ha sido víctima, buscar justicia y generar condiciones para que la persona pueda recuperar progresivamente su libertad.
La experiencia de vida nos muestra que el rencor puede convertirse en una forma de prisión. Cuando permanece instalado en el corazón, alimenta la desconfianza, la confrontación y, en determinados contextos, la violencia. Como recordó León XIV, los conflictos no atendidos terminan afectando las relaciones personales, las familias y también a las sociedades. El perdón, en cambio, puede abrir un horizonte diferente: permite mirar el pasado sin quedar encadenado a él.
Educar para una libertad responsable
Esta enseñanza tiene una profunda dimensión educativa. La escuela y los espacios de formación no pueden limitarse a transmitir conocimientos. También deben formar personas capaces de convivir, reconocer la dignidad de los demás, defender sus derechos y asumir responsablemente sus deberes.
Educar para el perdón supone enseñar a los estudiantes a resolver conflictos sin recurrir a la violencia, expresar el desacuerdo sin humillar, reconocer el daño causado y asumir las consecuencias de sus actos. También implica aprender a pedir perdón. Una persona que reconoce que ha causado daño comienza un camino de responsabilidad de sus actos que puede contribuir a reparar aquello que sea posible.
De igual manera, quien ha sido herido necesita aprender que defender sus derechos y perdonar no son necesariamente caminos opuestos. La justicia protege la dignidad y establece responsabilidades; el perdón puede evitar que la respuesta al daño se transforme en odio permanente. Ambos pueden contribuir, desde perspectivas diferentes, a reconstruir la convivencia.
Esta tarea adquiere especial importancia frente al acoso escolar, la violencia, la discriminación y las diversas formas de exclusión que pueden presentarse en las comunidades educativas. No basta con sancionar una conducta. Es necesario educar para comprender sus consecuencias, reparar el daño, restablecer vínculos cuando sea posible y prevenir que no vuelva a ocurrir.
Perdonar para volver a mirar el futuro
El perdón tampoco es únicamente una experiencia individual. Tiene consecuencias sociales. Una comunidad que aprende a gestionar sus heridas puede construir relaciones más fraternas y superar progresivamente las dinámicas de enfrentamiento.
Por eso, formar para el perdón significa formar para la ciudadanía. Una ciudadanía madura necesita personas capaces de defender sus convicciones sin convertir al otro en enemigo; de reconocer diferencias sin destruir vínculos; de exigir justicia sin alimentar la venganza y de buscar acuerdos orientados al bien común.
En esta perspectiva, la educación tiene una responsabilidad decisiva: ayudar a que las nuevas generaciones no reproduzcan los ciclos de violencia que han marcado tantas historias personales y colectivas. Educar para la paz comienza en las relaciones cotidianas: en el aula, en la familia, en la comunidad y en la manera que aprendemos a tratar a quien piensa diferente.
La libertad para perdonar también puede extenderse a nuestra relación con la creación. Una humanidad reconciliada consigo misma está llamada a superar la lógica de dominación y destrucción que deteriora la naturaleza. Cuidar el planeta supone reconocer que nuestras decisiones afectan a otros, especialmente a las generaciones que todavía no han nacido.
Perdonar, entonces, no significa retroceder. Es recuperar la posibilidad de avanzar. Como una luz que atraviesa las nubes, el perdón puede devolver perspectiva allí donde el dolor había oscurecido el horizonte.
La educación está llamada a formar personas libres: libres para defender la verdad y la justicia, libres para reconocer sus errores, libres para respetar al otro y libres para perdonar. Personas capaces de transformar sus heridas en aprendizaje y sus diferencias en oportunidades de encuentro.
Porque una mejor humanidad no se construye solamente con conocimientos. Se construye también cuando aprendemos a vivir con dignidad, responsabilidad, fraternidad y esperanza.
Informar. Formar. Trascender. El desafío educativo es formar generaciones capaces de sanar sus heridas, cuidar sus vínculos y construir el bien común, en comunión con los demás y con la naturaleza.
Comentarios
Dejar Comentario
Te Sugerimos
La comunidad humana: dignidad, fraternidad y bien común
Jesús invita: la alegría de la fe se hace vida y se comparte