Por Alonso Beraún Galdós – 19 enero 2026
En la Plaza de San Pedro, durante el rezo del Angelus, el Papa León XIV, dirigió su mensaje a la Iglesia centrado en el testimonio de Juan el Bautista que reconoce a Jesús: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Y añade: «He venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel»[1] Este acontecimiento nos invita, así como Juan, a reconocer en Jesús al Salvador, su divinidad y su misión en medio de la historia de la humanidad.
Frente a Jesús, Juan el Bautista reconoce su propia pequeñez y le da espacio a su grandeza como el Mesías, el Hijo de Dios, se sabe enviado para preparar el camino del Señor[2] y esa actitud le facilita reconocer su presencia con alegría y humildad en la historia, en su propia historia.
En ese sentido, el Papa León XIV deja de lado lo superficial para atender lo verdaderamente esencial: “nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos”[3] que habita entre nosotros para compartir la vida de cada persona. Con la claridad que le caracteriza, el Pontífice advierte que “no malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia.”[4] En un contexto donde predomina la inmediatez y lo superfluo, el Papa nos exhorta a aprender de Juan el Bautista, atento a reconocer a Jesús, amando las cosas sencillas, con la mente y el corazón, “encontrando cada día, en cuanto sea posible, un momento especial en el que detenernos en silencio para rezar, reflexionar, escuchar; en definitiva, para “ir al desierto”, y allí encontrarnos con el Señor y estar con Él.”[5], junto con María, la Madre de Dios, modelo de sencillez, sabiduría y humildad.
[1] cf. Jn 1,29-34
[1] Cf Mc 1,3; Is 40,3
[1] Papa León XIV. (2026, enero 18). Ángelus. Documento oficial del Vaticano. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/angelus/2026/documents/20260118-angelus.html
[1] Ibidem [1] Ib





