Las bienaventuranzas
En un mundo marcado por la búsqueda de sentido, en el Angelus del 1 de febrero del presente el Papa León XIV centró su reflexión en las palabras de Jesús respecto a las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12), un mensaje de luz en los corazones que acogen, con sencillez, la llamada amorosa del Señor: “luces que el Señor enciende en la penumbra de la historia, revelando el proyecto de salvación que el Padre realiza por medio del Hijo, con el poder del Espíritu Santo”, señaló.
El Pontífice resaltó que el mensaje de las Bienaventuranzas sintetiza la nueva ley que renueva nuestra vida. Así, “Jesús llama bienaventurados a los pobres y afligidos; a los que buscan la paz y la justicia; a los mansos, misericordiosos y puros de corazón; a los perseguidos a los que buscan la verdad. En este sentido, están llamados a alegrarse y regocijarse”.
Hay en esta proclamación una inversión silenciosa, pero radical, de los criterios habituales. La felicidad no se presenta como resultado del tener, el poder o el placer, sino como fruto de una vida vivida en apertura a Dios y en entrega a los demás.
Las bienaventuranzas nos dan esperanza que nos sostiene, especialmente en la hora de la aflicción, allí donde las heridas de la vida parecen más profundas. En ese sentido, no dudó en citar a su predecesor, el Papa Francisco, con una advertencia que tiene hoy plena vigencia: “no hay que seguir a los profesionales de la ilusión porque son incapaces de darnos esperanza». Las Bienaventuranzas se convierten así en un refugio para quienes son descartados por la lógica dominante, una promesa viva de que el dolor no tiene la última palabra.
Las Bienaventuranzas elevan a los humildes y dispersan a los soberbios de corazón. Por eso, el Papa León XIV no dudó en pedir la intercesión de María, sierva del Señor, para aprender a vivir las bienaventuranzas, ella a quien todas las generaciones llaman bienaventurada.
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