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Gestión directiva y liderazgo educativo: dos caras de una misma responsabilidad

La reciente Resolución Viceministerial N.° 152-2026-MINEDU, publicada el 21 de agosto, coloca nuevamente en el centro del debate educativo el desempeño de quienes conducen las instituciones de Educación Básica. La norma técnica aprobada establece el modelo, los criterios y los procedimientos para evaluar a los directivos, en el marco de la Ley N.° 29944, Ley de Reforma Magisterial. La evaluación es obligatoria y se realiza cada cuatro años para determinar la continuidad en el cargo.

La medida tiene una importancia que trasciende el procedimiento administrativo. Evaluar a quien dirige una escuela significa preguntarnos qué tipo de conducción necesitan nuestras instituciones educativas. La eficacia y la eficiencia son indispensables, pero no suficientes. Una institución puede tener documentos ordenados, reuniones programadas, registros actualizados y procesos cumplidos; sin embargo, eso no garantiza por sí mismo mejores aprendizajes ni una comunidad educativa comprometida.

Aquí aparece una diferencia fundamental: gestionar no es lo mismo que liderar. La gestión directiva organiza recursos, planifica acciones, administra tiempos, cumple normas y responde a responsabilidades institucionales. El liderazgo educativo, en cambio, da sentido a esas acciones, inspira, moviliza a las personas y orienta los esfuerzos de la comunidad hacia una finalidad esencial: que los estudiantes aprendan y se desarrollen integralmente.

El liderazgo se expresa en la capacidad del director para acompañar a sus docentes, promover el trabajo colaborativo, analizar evidencias de aprendizaje, enfrentar dificultades y generar confianza. Un líder educativo no concentra las decisiones: construye capacidades en otros y convierte la escuela en una comunidad que aprende.

Por ello, la evaluación del desempeño directivo debería ser también una oportunidad para fortalecer una nueva cultura de liderazgo. Los indicadores permiten observar resultados y desempeños, pero detrás de cada indicador existen personas, relaciones y decisiones que pueden transformar —o limitar— las posibilidades de una escuela.

El desafío para el sistema educativo peruano es claro: necesitamos directores capaces de gestionar bien, pero también de liderar para inspirar y transformar lo que sea necesario para ofrecer una educación integral. Porque una buena administración mantiene funcionando una escuela; un liderazgo educativo puede convertirla en una comunidad comprometida con una educación de calidad y con capacidad para transformar vidas.

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