Evaluar al director es importante; acompañarlo para que lidere mejor es indispensable
La evaluación cobra verdadero sentido cuando abre caminos para fortalecer el liderazgo educativo y transformar la gestión escolar.
Evaluar es necesario. Pero evaluar para mejorar exige algo más que medir resultados, revisar evidencias o verificar el cumplimiento de responsabilidades. Exige acompañar. Esta es una convicción que Educación & Sociedad considera fundamental ante el modelo de evaluación del desempeño de quienes ejercen cargos directivos en las instituciones educativas de Educación Básica Regular: evaluar al director es importante; acompañarlo para que lidere mejor es indispensable.
El modelo organiza la evaluación en tres dimensiones: gestión de los procesos pedagógicos, gestión del bienestar y gestión de las condiciones operativas. Sus once subdimensiones recorren aspectos decisivos de la vida escolar: planificación curricular, monitoreo de la práctica docente, fortalecimiento de competencias profesionales, seguimiento de los aprendizajes, convivencia, seguridad, uso de recursos, matrícula y transparencia financiera. No se trata, por tanto, de evaluar únicamente la capacidad administrativa del director. Se busca reconocer cómo conduce integralmente la institución.
Aquí aparece una cuestión que merece mayor atención. Un buen resultado en una evaluación no convierte automáticamente a un director en líder educativo. El liderazgo se construye en la práctica cotidiana: cuando el director dialoga con sus docentes sobre los aprendizajes, analiza evidencias, genera acuerdos, acompaña una clase, ofrece retroalimentación, enfrenta conflictos y moviliza a la comunidad para alcanzar propósitos compartidos.
Por eso, la evaluación debería ser entendida como un punto de partida. Sus resultados pueden revelar fortalezas que conviene consolidar y brechas que requieren formación, asesoría y acompañamiento. Si después de evaluar solo queda una calificación, se habrá perdido una oportunidad. Si los resultados generan un plan de mejora acompañado, la evaluación adquiere verdadero sentido educativo.
El desafío alcanza a todo el sistema. ¿Cómo colaborar con los directores para que pasen de una gestión centrada en resolver urgencias a un liderazgo capaz de orientar pedagógicamente la escuela? La respuesta demanda comunidades profesionales de aprendizaje, mentoría, formación pertinente, espacios de reflexión sobre la práctica y acompañamiento sostenido.
Una escuela mejora cuando sus docentes aprenden y cuando su director también aprende y dan respuestas a las necesidades educativas de los menores. Por ello, la evaluación no debería instalar una cultura punitiva, sino una cultura de responsabilidad, reflexión y mejora continua. Evaluar no es cerrar un proceso: es abrir una posibilidad.
Desde Educación & Sociedad sostenemos una idea sencilla, pero decisiva: el sistema educativo no necesita solamente directores evaluados; necesita directores acompañados, fortalecidos y capaces de ejercer un liderazgo educativo que ponga en el centro aquello que finalmente importa: que cada estudiante aprenda, se desarrolle integralmente y encuentre en su escuela una oportunidad para construir un futuro mejor.
En ese sentido, un criterio a considerar es la equidad educativa que comienza cuando el acompañamiento llega allí donde las dificultades son mayores. Dicho esto, el liderazgo educativo en las zonas rurales y de frontera no puede medirse solamente por la capacidad del director para administrar una escuela con criterios estandarizados, sino por su capacidad para sostener a sus docentes, construir comunidad y garantizar aprendizajes en contextos donde educar exige mucho más que cumplir una programación.
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