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Sociedad

Cuidar la tierra para proteger la vida: el desafío educativo que plantea la ONU

El informe de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación advierte que la degradación de los suelos compromete la estabilidad del planeta. Frente a este desafío, la educación debe transformar la conciencia ambiental en conocimientos, valores y acciones concretas para el bien común.

Una advertencia que exige cambiar el rumbo

La forma en que utilizamos y gestionamos la tierra es decisiva para el futuro de la humanidad. Esta es una de las principales conclusiones del informe Alejarse del precipicio: transformar la gestión de la tierra para respetar los límites planetarios—, presentado el 2 de diciembre de 2024 por la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD, por sus siglas en inglés), durante la COP16 celebrada en Riad, Arabia Saudita.

El documento analiza la relación entre la degradación de los suelos, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la presión sobre los recursos hídricos. Su mensaje central es claro: no podemos garantizar el bienestar humano si continuamos deteriorando los sistemas naturales que sostienen la vida. La gestión de la tierra debe dejar de responder exclusivamente a intereses económicos inmediatos y orientarse hacia la sostenibilidad de los ecosistemas y las necesidades de las generaciones presentes y futuras. [1][2]

La expresión «alejarse del precipicio» no es una invitación al temor, sino una llamada a reconocer los riesgos y actuar antes de que determinados daños ambientales se vuelvan difíciles o imposibles de revertir.

Lo que se dijo: la tierra está vinculada a los límites planetarios

El informe emplea el marco científico de los límites planetarios para explicar que la Tierra posee procesos y condiciones que permiten mantener la vida humana dentro de un espacio relativamente seguro. Cuando las actividades humanas alteran excesivamente estos sistemas, aumentan los riesgos para la estabilidad ambiental y social.

La investigación destaca que siete de los nueve límites planetarios están afectados negativamente por formas insostenibles de uso de la tierra. Asimismo, señala la dimensión de la agricultura en las emisiones de gases de efecto invernadero, la deforestación y el consumo de agua dulce. Por ello, la respuesta no puede limitarse a plantar árboles o realizar campañas ocasionales: exige revisar los modelos de producción, el uso del territorio, la protección de los ecosistemas y los patrones de consumo. [2]

La tierra no es únicamente una superficie destinada a construir, cultivar o extraer recursos. Es un sistema vivo que integra suelo, agua, vegetación y biodiversidad. De su conservación dependen la producción de alimentos, la regulación del clima, la disponibilidad de agua y los medios de vida de millones de personas.

La advertencia también tiene una dimensión ética: utilizar responsablemente los recursos naturales supone reconocer que el beneficio particular no puede prevalecer sobre el bien común ni comprometer las oportunidades de las próximas generaciones.

Lo que hemos avanzado: compromisos, conocimientos y soluciones

La comunidad internacional dispone de instrumentos para responder a este desafío. Entre ellos figuran la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, el Acuerdo de París sobre el cambio climático, el Convenio sobre la Diversidad Biológica y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, especialmente el ODS 15, referido a la protección y recuperación de los ecosistemas terrestres.

También se conocen prácticas que permiten mejorar la relación entre producción y conservación: restaurar tierras degradadas, recuperar la vegetación nativa, promover la agroforestería, gestionar adecuadamente los pastizales, mejorar la eficiencia del riego y aplicar técnicas agrícolas que protejan la fertilidad del suelo. Estas medidas pueden contribuir simultáneamente a la conservación de la biodiversidad, la seguridad alimentaria y la adaptación al cambio climático. [2][3]

Otro avance importante es comprender que la restauración de la tierra no corresponde exclusivamente a los gobiernos o a las organizaciones ambientales. Requiere la participación de comunidades, agricultores, empresas, universidades, centros educativos y ciudadanos.

Sin embargo, es necesario distinguir entre los compromisos anunciados y los resultados efectivamente alcanzados. La existencia de acuerdos, programas y conocimientos científicos no significa que el deterioro se haya detenido. Las evaluaciones internacionales siguen mostrando que la recuperación de los ecosistemas avanza a un ritmo insuficiente frente a la magnitud del problema. [4]

Lo que está pendiente: pasar de los compromisos a los resultados

El principal desafío consiste en convertir las declaraciones en políticas sostenidas, presupuestos adecuados y acciones verificables. Para ello, los países necesitan integrar la conservación del suelo, la gestión del agua, la protección de los bosques y la planificación territorial en sus decisiones económicas y sociales.

También deben fortalecer la vigilancia de la deforestación, prevenir la contaminación, recuperar áreas degradadas y apoyar a las poblaciones rurales que dependen directamente de los recursos naturales. Las intervenciones deben considerar las particularidades de cada territorio, respetar los conocimientos de las comunidades locales y evitar que los costos de la transición recaigan desproporcionadamente sobre las poblaciones más vulnerables.

En el Perú, esta agenda tiene una relevancia especial. La diversidad de sus territorios —desde la costa árida hasta los Andes y la Amazonía— exige respuestas diferenciadas. La protección de las fuentes de agua, la recuperación de suelos afectados por la erosión, la prevención de incendios forestales, la conservación de los bosques y el uso responsable de los recursos naturales requieren coordinación entre el Estado, las comunidades, el sector productivo y la sociedad civil.

El desafío pendiente es medir los avances con indicadores transparentes: superficie de tierras restauradas, reducción de la deforestación, recuperación de la cobertura vegetal, calidad del suelo y del agua, participación comunitaria y continuidad de las intervenciones. Sin seguimiento, evaluación y mantenimiento, muchas iniciativas corren el riesgo de convertirse en acciones aisladas.

La labor educativa: formar para cuidar, restaurar y transformar

La advertencia de la UNCCD interpela directamente al sistema educativo. La educación ambiental no puede reducirse a memorizar conceptos sobre el cambio climático, celebrar una fecha ecológica o realizar una jornada de limpieza. La educación ambiental debe formar ciudadanos capaces de restaurar la tierra, proteger el agua y asumir la responsabilidad de cuidar la vida. Su propósito debe ser desarrollar la capacidad de comprender los problemas, analizar sus causas, tomar decisiones responsables y participar en la solución.

La primera tarea es formar en conocimientos. Los estudiantes necesitan comprender la relación entre suelo, agua, biodiversidad, alimentación y clima; reconocer las causas de la degradación ambiental y evaluar las consecuencias de las actividades humanas. Las ciencias naturales deben dialogar con la geografía, la economía, la ciudadanía, la historia y la tecnología.

La segunda tarea es educar en valores. El respeto por la vida, la responsabilidad, la solidaridad, la austeridad en el consumo, la justicia intergeneracional y el cuidado del bien común deben traducirse en hábitos cotidianos. No basta con conocer la importancia del agua si se desperdicia; tampoco basta con hablar de biodiversidad si se tolera la destrucción de los ecosistemas.

La tercera tarea es aprender mediante la acción. Cada institución educativa puede desarrollar proyectos contextualizados: recuperar áreas verdes con especies nativas, elaborar compost, reducir residuos, medir el consumo de agua, crear huertos escolares, observar la calidad del suelo o investigar los cambios en los ecosistemas de la localidad. Estas experiencias deben incorporar objetivos, responsabilidades, indicadores y evaluación de resultados.

La cuarta tarea es vincular escuela, familia y comunidad. Los saberes de agricultores, comunidades indígenas, organizaciones vecinales y especialistas pueden enriquecer el aprendizaje. En las zonas rurales y amazónicas, así como en los territorios afectados por la escasez de agua o la degradación del suelo, la escuela debe dialogar con las prácticas locales y contribuir a fortalecer capacidades para una gestión sostenible del territorio.

La quinta tarea es formar docentes y transformar la gestión institucional. Se requiere capacitación, materiales pertinentes, proyectos interdisciplinarios y acompañamiento pedagógico. Además, las instituciones educativas deben revisar sus propias prácticas de consumo, mantenimiento de áreas verdes, manejo de residuos y uso del agua. La coherencia entre lo que se enseña y lo que se practica constituye una condición fundamental para educar.

La evaluación del aprendizaje debe considerar no solo lo que el estudiante conoce, sino también su capacidad para investigar, colaborar, argumentar y proponer soluciones. Los proyectos ambientales deben demostrar aprendizajes y resultados concretos, sin convertir el cuidado de la naturaleza en una actividad meramente simbólica.

Educar hoy para garantizar la vida mañana

El informe de la UNCCD recuerda que la degradación de la tierra no es un problema aislado de especialistas: afecta la alimentación, el agua, la salud, la economía y la convivencia social. Por eso, su respuesta exige decisiones públicas, innovación productiva, participación ciudadana y una educación que forme personas capaces de comprender las consecuencias de sus actos.

La escuela no puede resolver por sí sola una crisis de alcance planetario, pero sí puede contribuir a cambiar la cultura que la alimenta. Cuando un estudiante aprende a cuidar el agua, comprende el valor del suelo, respeta los ecosistemas y participa en proyectos de restauración, comienza a relacionar el conocimiento con la responsabilidad y la ciudadanía con el servicio.

Alejarse del precipicio significa actuar a tiempo, corregir prácticas perjudiciales y asumir que el desarrollo solo es verdaderamente humano cuando respeta las condiciones que hacen posible la vida. La educación tiene la responsabilidad de convertir esta convicción en una experiencia cotidiana, compartida por estudiantes, docentes, familias, comunidades e instituciones.

Informar sobre los riesgos que enfrenta la tierra. Formar en valores, conocimientos y hábitos sostenibles. Trascender mediante acciones solidarias que protejan el planeta y el bien común. Ese es el compromiso educativo que esta advertencia internacional plantea a nuestra sociedad.

Fuentes consultadas y referencias

  1. Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD). (2024). Stepping Back from the Precipice: Transforming Land Management to Stay Within Planetary Boundaries. Informe especial elaborado con el Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático.
  2. Naciones Unidas. Informes sobre cambio climático. Ficha del informe de la UNCCD y materiales relacionados con la gestión de la tierra.
  3. Naciones Unidas. La tierra, el sumidero de carbono del planeta. Explica la función de los ecosistemas terrestres en la regulación climática y presenta prácticas de restauración y gestión sostenible. Leer el documento.
  4. Naciones Unidas. (2025). Informe sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2025: Objetivo 15, Vida de ecosistemas terrestres. Presenta indicadores sobre degradación de tierras, restauración y desafíos pendientes.

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