La cultura ausente del mensaje presidencial
La cultura fue una de las grandes ausencias del mensaje presidencial. En una exposición marcada por las prioridades de seguridad, economía, infraestructura y servicios públicos, no tuvo el espacio que corresponde a una dimensión fundamental de la vida nacional. La omisión resulta significativa en un país cuya diversidad cultural atraviesa su historia, sus territorios y las distintas formas de entender la vida en comunidad.
La revisión del Plan de Gobierno 2026–2031: Perú con Orden, presentado por Fuerza Popular, permite encontrar una agenda cultural que merece ser examinada. El documento plantea una visión de país hacia 2031 y sostiene que sus propuestas buscan responder a los principales problemas nacionales mediante políticas orientadas al desarrollo, los servicios públicos y la cohesión social.
Uno de los planteamientos propone promover la economía naranja, las industrias culturales y la investigación, conservación y defensa del patrimonio cultural. La orientación es pertinente porque reconoce que la cultura también puede generar actividad económica, empleo y oportunidades. El desafío, sin embargo, estará en determinar cómo se financiarán estas iniciativas, qué instituciones serán responsables y cuáles serán los mecanismos para garantizar que la actividad económica no termine subordinando el valor cultural de las manifestaciones.
El plan también plantea fortalecer el apoyo, rescate y defensa de las comunidades nativas, pueblos originarios y afrodescendientes, especialmente aquellas que se encuentran en situación de vulnerabilidad. La propuesta incorpora una perspectiva de inclusión e identidad nacional y reconoce que estas culturas no son expresiones periféricas, sino parte constitutiva del Perú. El propio documento destaca la presencia significativa de población indígena y afroperuana y sostiene que su cultura enriquece a la nación.
Otro planteamiento propone crear el título universitario de Maestro Artesano, además de promover la capacitación y formación de los artesanos en las universidades. La profesionalización puede contribuir al reconocimiento social y económico de quienes conservan conocimientos transmitidos durante generaciones. Pero la universidad debe acompañar, no reemplazar, el saber tradicional. Existe una diferencia entre certificar una competencia y transformar una tradición viva en una especialidad académica.
La infraestructura cultural constituye otro de los puntos planteados. El plan propone implementar espacios de primer nivel, sostenibles y accesibles, con actividades culturales locales, regionales, nacionales e internacionales a bajo costo o gratuitamente. Es una propuesta especialmente relevante para un país donde el acceso a museos, teatros, centros culturales, bibliotecas y otros espacios continúa siendo desigual. Llevar la cultura a las regiones significa también acercarla a quienes históricamente han tenido menos posibilidades de participar de ella.
Más delicada es la propuesta de dinamizar y modernizar el patrimonio cultural mediante proyectos piloto que permitan a los emprendedores adaptar la cultura ancestral a las tendencias y necesidades del mundo contemporáneo. La innovación puede abrir nuevas oportunidades, pero requiere límites claros. El patrimonio no puede convertirse en una materia prima disponible para cualquier reinterpretación comercial. Modernizar una expresión cultural no debería significar vaciarla de su historia, su significado ni su vínculo con las comunidades que la mantienen viva.
En cambio, la apuesta por la investigación científica resulta fundamental. El plan propone trabajar con la academia y el sector privado para ampliar el conocimiento sobre las sociedades del pasado, sus relaciones humanas y su vínculo con el paisaje y los territorios. Investigar el pasado no es mirar hacia atrás por nostalgia. Es conservar la memoria que permite comprender el presente. Una sociedad que conoce su historia puede reconocer mejor sus raíces, valorar su patrimonio y construir una identidad menos vulnerable al olvido.
La danza también aparece en la propuesta cultural. Se plantea crear un Instituto Nacional de la Danza para profesionalizar a bailarines de diferentes géneros y facilitar su desarrollo nacional e internacional. Asimismo, se propone una Federación Deportiva de Danza Urbana que permita a los bailarines peruanos de break dance competir en escenarios internacionales. Ambas iniciativas reconocen que la cultura no permanece inmóvil: conviven las expresiones tradicionales con manifestaciones contemporáneas que también construyen identidad y representan al país.
El desafío, entonces, no consiste solamente en saber si existen propuestas culturales en el plan de gobierno. Consiste en saber qué lugar ocuparán realmente dentro de las prioridades del Estado. Un plan puede reconocer el patrimonio, la artesanía, las comunidades, la investigación y la danza; pero esas declaraciones adquieren valor público cuando se traducen en presupuesto, instituciones eficaces, descentralización y oportunidades concretas para los ciudadanos.
La ausencia de la cultura en un mensaje presidencial debería abrir una reflexión más profunda. Gobernar no consiste únicamente en construir carreteras, combatir el crimen o promover inversiones. También significa cuidar aquello que permite a una sociedad reconocerse como comunidad, junto con las consecuencias educativas que este planteamiento conlleva. El Perú no es solamente un territorio que necesita crecer: es una memoria viva que necesita ser valorada, protegida, comprendida, educada y transmitida.
La cultura, en última instancia, no debería aparecer únicamente cuando se inaugura un museo, se celebra una fiesta tradicional o se presenta una danza. Debería formar parte de la manera en que el Estado comprende al ciudadano. Porque un país que protege su patrimonio, escucha a sus pueblos y transmite su memoria a las nuevas generaciones no solo conserva el pasado: construye las raíces desde las cuales puede imaginar su futuro que se plasma en un proyecto educativo nacional.
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