Lima, Patrimonio de la Humanidad: la ciudad que también nos educa
La declaratoria de UNESCO no solo reconoce la historia de Lima: compromete a educar ciudadanos capaces de conservarla.
Caminar por el Centro Histórico de Lima es recorrer una ciudad que todavía conserva las huellas de distintas épocas. Una plaza, una iglesia, un balcón, una casona o una calle pueden convertirse en una puerta de entrada a la historia del Perú. Pero existe una pregunta que pocas veces hacemos: ¿qué significa para nosotros vivir en una ciudad reconocida como Patrimonio Mundial?
La respuesta no debería limitarse al orgullo de poseer monumentos históricos. El patrimonio no es únicamente aquello que heredamos; es también aquello que estamos llamados a conservar y transmitir. La UNESCO le proclamó Patrimonio de la Humanidad en 1991.
Lima fue fundada en 1535 por Francisco Pizarro y se convirtió en el principal centro político, económico y cultural del poder español en Sudamérica. Su importancia quedó reflejada en una arquitectura que combina iglesias, conventos, casonas, espacios públicos y una trama urbana que conserva, en buena medida, el diseño fundacional en forma de damero. El Ministerio de Cultura reconoce en este conjunto uno de los testimonios más importantes de la arquitectura monumental española en América.
Pero el valor de Lima no está solamente en su antigüedad. La UNESCO reconoce que su arquitectura y desarrollo urbano expresan un proceso cultural regional en el que los modelos europeos fueron adaptados a los materiales disponibles, al clima, a los terremotos y a las necesidades de la sociedad. El criterio utilizado para su inscripción es el criterio (iv), referido a un ejemplo sobresaliente de un tipo de edificio, conjunto arquitectónico o paisaje que ilustra una etapa significativa de la historia humana.
Esa historia, además, no se encuentra exclusivamente en la Plaza Mayor. El Convento de San Francisco, la Catedral, el Palacio de Torre Tagle, la Alameda de los Descalzos, el Paseo de Aguas, el puente de piedra sobre el Rímac y la Plaza de Toros de Acho forman parte de una memoria urbana mucho más amplia. En torno a iglesias, conventos, hospitales, escuelas y universidades se organizó durante siglos buena parte de la vida social y cultural de la ciudad.
El patrimonio no termina en los monumentos
El mayor desafío comienza cuando dejamos de mirar Lima como un museo y entendemos que es una ciudad viva. En ella estudian millones de personas, circulan vehículos, funcionan comercios, viven familias y se desarrollan actividades culturales. Por eso, conservar el patrimonio no significa impedir que la ciudad cambie, sino lograr que cambie sin destruir aquello que le da identidad.
La propia UNESCO ha advertido sobre problemas que afectan la integridad y autenticidad del Centro Histórico: deterioro y abandono de inmuebles, intervenciones inadecuadas, inseguridad ciudadana, presión comercial, contaminación y efectos derivados del transporte. También ha insistido en la necesidad de fortalecer la gestión, controlar construcciones incompatibles con el paisaje histórico, gestionar los riesgos de desastre y revitalizar el Rímac.
Por ello, la declaratoria internacional debe dejar de entenderse como un reconocimiento honorífico. Es, sobre todo, una responsabilidad colectiva. Tener patrimonio implica conservarlo, pero también hacer posible que las personas puedan habitarlo, recorrerlo y disfrutarlo en condiciones dignas.
Educar para cuidar la ciudad
Aquí aparece una dimensión que resulta especialmente importante para la educación. UNESCO sostiene que la educación patrimonial es fundamental para fortalecer la protección de la herencia cultural y señala que la revitalización de los centros históricos tiene mayores posibilidades de éxito cuando estos son entendidos como espacios vivos capaces de formar ciudadanía.
En consecuencia, enseñar patrimonio en las escuelas no debería reducirse a memorizar fechas, nombres de edificios o estilos arquitectónicos. Un estudiante debería preguntarse por qué una casona necesita ser protegida, qué relación existe entre un monumento y la historia de su comunidad, cuánto cuesta restaurar un inmueble y qué responsabilidad tiene un ciudadano cuando arroja basura en una plaza histórica.
Conocer, valorar y promover pueden convertirse así en tres verbos de una verdadera educación ciudadana.
Conocer significa descubrir la historia de la ciudad y comprender sus transformaciones. Valorar supone reconocer que aquello que pertenece a generaciones anteriores también forma parte de nuestra identidad colectiva. Promover implica participar activamente en su conservación y en una convivencia urbana respetuosa.
Esto tiene consecuencias muy concretas. Cuidar Lima significa mantener limpios sus espacios públicos, respetar sus monumentos, evitar pintas y daños, ordenar el comercio, favorecer la formalidad, mejorar el transporte, garantizar servicios básicos y promover intervenciones urbanas que respeten el paisaje histórico. También significa recuperar las calles y plazas como lugares para el arte, la música, la literatura, la gastronomía y el encuentro ciudadano.
Una manifestación cultural puede transformar una plaza en escenario de creatividad; una acción violenta puede convertirla en un espacio de destrucción. La diferencia no está solamente en el lugar, sino en la manera en que entendemos nuestro derecho a utilizarlo.
Una ciudad para vivir, no para abandonar
El Plan Maestro del Centro Histórico de Lima, aprobado en 2019 con visión al 2035, plantea precisamente la necesidad de abordar el patrimonio desde una perspectiva integral, vinculando conservación, espacio público, movilidad, habitabilidad, ambiente y dinámica urbana.
Este enfoque resulta fundamental. No se puede proteger una iglesia histórica mientras alrededor existen calles deterioradas, inseguridad, contaminación, comercio desordenado o familias sin condiciones adecuadas de vivienda. La conservación patrimonial necesita estar acompañada por políticas urbanas que hagan posible una vida digna.
Lima requiere, por tanto, un gran acuerdo ciudadano sobre su Centro Histórico. Las autoridades deben cumplir sus responsabilidades; los propietarios deben conservar los inmuebles; los comerciantes deben respetar las normas; los visitantes deben comportarse responsablemente y las instituciones educativas deben formar ciudadanos capaces de comprender el valor de aquello que tienen delante.
El Patrimonio Mundial no pertenece exclusivamente a una municipalidad, a un ministerio ni a una institución cultural. Pertenece a todos.
Por eso, la verdadera pregunta no es solamente qué recibió Lima de la historia. La pregunta es qué Lima queremos entregar a quienes vendrán después de nosotros, qué valores queremos vivir y que nos cohesiones e identifique. Si conseguimos que un niño aprenda a respetar una plaza, que un joven descubra el valor de una casona, que aprendan a cuidar el medio ambiente, que un ciudadano comprenda que formalidad y patrimonio pueden convivir y que un vecino vea la ciudad como un bien común, la declaratoria de la UNESCO habrá adquirido un sentido mucho más profundo.
Porque una ciudad se convierte realmente en patrimonio cuando su sociedad aprende a valorarla, conservarla, promoverla, respetando su historia, fomentando cohesión, generando identidad y construyendo ciudadanía en búsqueda del bien común.
Comentarios
Dejar Comentario
Te Sugerimos
Chan Chan: la ciudad de barro que todavía habla del Perú
Chavín de Huántar: la memoria de los Andes tallada en piedra