Gestión formativa: cuando educar significa aprender a convivir en procura del bien común
Una escuela que solo sanciona puede contener una conducta; una escuela que educa transforma al estudiante y prepara ciudadanos para la vida. La gestión formativa busca educar para convivir, reparar, responsabilizarse y construir el bien común.
Hay una pregunta que toda institución educativa puede hacerse cuando un estudiante rompe una norma: ¿queremos simplemente castigarlo o queremos educarlo? La respuesta define mucho más que un procedimiento disciplinario. Define qué entiende el colegio por educación, qué lugar concede a la dignidad de la persona y qué tipo de sociedad pretende ayudar a construir.
La gestión formativa parte de una convicción fundamental: convivir también se aprende. El respeto, la responsabilidad, la empatía, la capacidad de escuchar, el dominio de los impulsos, la resolución pacífica de conflictos y la reparación del daño no aparecen espontáneamente ni es la consecuencia de un castigo. Requieren acompañamiento, experiencias, límites, diálogo y adultos capaces de educar con coherencia.
Por eso, la convivencia escolar no puede convertirse en una oficina a la que se derivan los problemas después de que ocurren. Debe atravesar la vida institucional. El Ministerio de Educación establece que la gestión de la convivencia comprende la promoción de una convivencia democrática, la prevención de la violencia y la atención de las situaciones que vulneran el bienestar de niñas, niños y adolescentes. Incluso las normas de convivencia deben formar parte de los instrumentos de gestión de la institución educativa.
Cuando la sanción ocupa el lugar de la educación
La disciplina punitiva concentra su atención en la infracción. Su lógica suele expresarse en tres preguntas: ¿qué norma se quebrantó?, ¿quién fue responsable?, ¿qué castigo corresponde?
Las consecuencias pueden ser necesarias. Una institución educativa no puede tolerar la violencia, el acoso, la discriminación o cualquier conducta que vulnere derechos. La autoridad es indispensable. Pero autoridad y castigo no son sinónimos.
El problema aparece cuando la sanción se convierte en el principal instrumento educativo. Castigar puede detener momentáneamente una conducta, pero no necesariamente permite comprender sus causas, reconocer el daño producido, desarrollar empatía o aprender una respuesta diferente para el futuro.
Una escuela que únicamente sanciona corre el riesgo de enseñar una lección equivocada: que el castigo soluciona los problemas. Y la vida nos enseña que esa no es la vía de solución.
El giro hacia una disciplina restaurativa
La disciplina restaurativa modifica la pregunta. En lugar de detenerse exclusivamente en la infracción, pregunta: ¿qué ocurrió?, ¿quiénes fueron afectados?, ¿qué daño se produjo?, ¿qué responsabilidad corresponde asumir?, ¿cómo puede repararse y qué debemos aprender para que no vuelva a suceder?
No se trata de una postura permisiva. Tampoco significa eliminar las normas ni las consecuencias. Significa que estas deben estar vinculadas con una finalidad educativa.
El propio Ministerio de Educación cuenta con orientaciones específicas para implementar prácticas restaurativas en la institución educativa y el aula, vinculándolas con el fortalecimiento de las relaciones sociales, los derechos humanos, el rechazo de la violencia y la construcción de un clima escolar saludable.
Gestión punitiva y gestión restaurativa
| Dimensión | Gestión punitiva | Gestión restaurativa |
| Pregunta central | ¿Qué norma se quebrantó? | ¿Qué ocurrió y qué daño produjo? |
| Prioridad | La infracción | Las personas y las relaciones afectadas |
| Responsabilidad | Identificar al culpable | Reconocer responsabilidades y consecuencias |
| Respuesta | Sanción | Reparación, acuerdos y consecuencias educativas |
| Papel del estudiante | Receptor de la medida | Participante activo en la solución |
| Papel de la víctima | Puede quedar relegada | Es escuchada y protegida |
| Conflicto | Problema que debe cerrarse | Situación que debe comprenderse y repararse |
| Autoridad | Control de la conducta | Orientación, límites y acompañamiento |
| Objetivo | Disuadir | Transformar la conducta y reparar el daño |
| Resultado esperado | Cumplimiento de la norma | Aprendizaje, responsabilidad y reconstrucción del vínculo |
La diferencia es decisiva. La disciplina punitiva busca principalmente que el estudiante pague por lo que hizo; la restaurativa busca que comprenda lo que hizo, asuma sus consecuencias y participe en la reparación.
La prevención comienza mucho antes del conflicto
La gestión formativa no comienza cuando aparece una agresión. Comienza cuando el colegio construye una cultura institucional.
Eso supone normas conocidas y comprendidas, tutoría permanente, educación socioemocional, acompañamiento psicológico cuando corresponda, formación en hábitos saludables, actividades deportivas y artísticas, espacios de diálogo y participación estudiantil. También requiere docentes que sepan gestionar el aula y directivos capaces de ejercer un liderazgo pedagógico que no se limite a administrar problemas.
Las familias tienen igualmente una responsabilidad insustituible. La convivencia no puede fragmentarse entre dos mundos: lo que el colegio enseña durante algunas horas y lo que la familia transmite durante el resto del día. La alianza familia-escuela es indispensable para construir criterios coherentes de respeto, responsabilidad y cuidado.
Y existe una tarea todavía más profunda: acompañar el crecimiento personal. Un adolescente no necesita solamente que le digan qué está prohibido. Necesita adultos que lo ayuden a preguntarse quién quiere ser, qué consecuencias tienen sus decisiones, cómo tratará a los demás y qué propósito quiere darle a su vida.
El conflicto también puede educar
Una institución madura no pretende construir una comunidad sin conflictos. Pretende formar personas capaces de enfrentarlos responsablemente.
Habrá desacuerdos, errores, impulsos, rivalidades y decisiones equivocadas. La cuestión educativa está en qué hace la comunidad con ellos.
Un insulto puede convertirse en una oportunidad para aprender sobre respeto. Una pelea puede abrir un proceso de reconocimiento del daño. Un acto de exclusión puede conducir a reflexionar sobre la dignidad y la inclusión. Una conducta irresponsable puede convertirse en una experiencia concreta de responsabilidad.
Eso exige tiempo. También exige preparación de docentes, protocolos claros y capacidad institucional para distinguir entre situaciones que pueden abordarse pedagógicamente y aquellas que requieren medidas de protección, intervención especializada o actuación conforme a la normativa.
Restaurar no significa dejar de actuar. Significa actuar sin renunciar a educar.
Una escuela que prepara para la vida
El verdadero indicador de una gestión formativa no debería ser cuántas sanciones impuso un colegio durante el año, sino cuánto ayudó a sus estudiantes a desarrollar capacidades para convivir respetuosa y responsablemente.
La educación peruana reconoce la formación ética y cívica como parte del proceso educativo, y el marco normativo de convivencia escolar vincula la tarea institucional con la construcción de comunidades educativas seguras, protectoras e inclusivas.
La escuela es, en este sentido, una pequeña sociedad. Allí los niños y adolescentes experimentan por primera vez muchas de las situaciones que encontrarán posteriormente en la vida pública: diferencias, conflictos, normas, autoridad, derechos, responsabilidades, acuerdos y decisiones colectivas.
Por eso, cada conflicto escolar es también una pregunta sobre el ciudadano que estamos formando.
Si enseñamos a resolver los problemas mediante la humillación, reproduciremos sociedades violentas. Si enseñamos a responder con indiferencia, formaremos personas indiferentes. Si educamos en el diálogo, la responsabilidad, la reparación, la solidaridad y el respeto de la dignidad humana, estaremos preparando ciudadanos capaces de construir relaciones más justas.
La gestión formativa no es una tarea complementaria de la escuela. Es parte de su razón de ser.
Porque educar no consiste solamente en transmitir conocimientos. Es acompañar a una persona para que aprenda a gobernar su propia vida, reconocer al otro, asumir las consecuencias de sus decisiones y ponerse al servicio del bien común.
El colegio que comprende esta misión deja de preguntarse únicamente “¿cómo controlamos a nuestros estudiantes?” y comienza a preguntarse algo mucho más exigente:
¿Qué estamos haciendo hoy para formar las personas que nuestra sociedad necesitará mañana?
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