Pacto Educativo Global: educar juntos para reconstruir la fraternidad
En un escenario marcado por brechas educativas, transformación tecnológica, exclusión y crisis ambiental, el Pacto Educativo Global propone volver a una pregunta esencial: ¿para qué educamos? En el Perú, sus principios encuentran desafíos concretos en las escuelas, las familias y las comunidades que buscan una educación capaz de formar personas y transformar la sociedad.
Una escuela rural de la Amazonía, un colegio público de Lima o una comunidad educativa de los Andes enfrentan realidades distintas, pero comparten una misma responsabilidad: preparar a niños y jóvenes no solo para aprobar evaluaciones, sino para vivir con otros, cuidar la casa común y participar responsablemente en la sociedad. Esa preocupación está en el corazón del Pacto Educativo Global, iniciativa promovida por el papa Francisco desde 2019 para impulsar una alianza amplia en torno a la educación.
La propuesta nació antes de la pandemia, pero la crisis sanitaria terminó revelando con mayor crudeza las desigualdades que justificaban aquella convocatoria. En su mensaje para el lanzamiento del Pacto, Francisco sostuvo que «cada cambio necesita un camino educativo» capaz de hacer madurar una nueva solidaridad universal y una sociedad más acogedora.
No se trataba de crear otro programa educativo ni de añadir una estructura burocrática a las instituciones. La invitación era más exigente: revisar qué persona se quiere formar, qué relaciones se construyen dentro de la escuela y qué sociedad se está preparando desde las aulas.
Siete compromisos para una educación con rostro humano
El Pacto Educativo Global plantea siete compromisos que permiten traducir esa visión en decisiones concretas. El primero consiste en poner a la persona en el centro, reconociendo su dignidad, singularidad y capacidad de relacionarse con los demás. El Papa Francisco resumió esta perspectiva señalando que la educación debe valorar a la persona y ayudarla a madurar para construir un futuro de justicia y paz.
El segundo compromiso invita a escuchar a las nuevas generaciones. No basta hablar sobre los estudiantes; es necesario escucharlos. Las clases son lugares privilegiados, los trabajos grupales, los foros, las exposiciones, la elaboración de documentos y conclusiones sobre diversos temas, grupos juveniles, son medios que pueden ayudar a escucharlos.
El tercer compromiso propone promover a la mujer, garantizando la participación plena de niñas y jóvenes y reconociendo su aporte al desarrollo de la sociedad. El cuarto recupera una verdad que a veces queda relegada en los sistemas educativos: la familia es el primer núcleo educador. La escuela puede acompañar, complementar y orientar, pero difícilmente puede sustituir la experiencia formativa que comienza en el hogar.
El quinto compromiso plantea abrirse a la acogida, con especial atención a quienes viven situaciones de vulnerabilidad. En el Perú, esta dimensión adquiere especial relevancia frente a las desigualdades territoriales, la discapacidad, la movilidad humana y las brechas que afectan a comunidades rurales e indígenas. UNESCO Perú señala que uno de los desafíos del país consiste precisamente en avanzar hacia una educación inclusiva, equitativa y de calidad que reconozca su diversidad cultural y territorial.
El sexto compromiso llama a renovar la economía y la política, colocando el conocimiento al servicio del desarrollo humano integral y no únicamente de la productividad. El séptimo invita a cuidar la casa común, vinculando educación, sostenibilidad, responsabilidad ambiental y estilos de vida capaces de superar el consumo sin límites.
El Papa Francisco sintetizó los siete compromisos en tres acciones: centrarse, acoger e implicar. No son palabras decorativas. Cada una exige transformar prácticas: poner a la persona en el centro de las decisiones, acoger especialmente a quienes quedan al margen e implicar a todos los actores que participan en la tarea educativa.
El desafío peruano: pasar de la alianza al compromiso
El debate no resulta ajeno al Perú. En julio de 2025, el Ministerio de Educación formalizó mediante la Resolución Ministerial N.° 296-2025-MINEDU el Pacto Social por la Educación, una iniciativa nacional orientada a articular esfuerzos públicos y privados para transformar la escuela pública y atender a más de ocho millones de estudiantes. La propuesta contempla cuatro ejes: infraestructura y equipamiento; formación docente y aprendizaje; educación para el trabajo e innovación tecnológica; y deporte.
Aunque el Pacto Social peruano y el Pacto Educativo Global tienen naturaleza y alcances diferentes, existe un punto de encuentro evidente: la educación no puede sostenerse únicamente desde una institución. Requiere la participación del Estado, docentes, familias, estudiantes, universidades, organizaciones sociales, comunidades y otros actores comprometidos con el futuro.
Pero una política educativa no se mide solamente por cuánto dinero se invierte. También debe preguntarse qué ocurre con ese esfuerzo en la experiencia cotidiana de un estudiante: si aprende, si se siente escuchado, si encuentra una escuela segura, si puede continuar sus estudios y si recibe una formación que le permita comprender el mundo y asumir responsabilidades frente a él.
Ese desafío se vuelve más complejo en una época de acelerada transformación tecnológica. La inteligencia artificial, la expansión de las plataformas digitales y los cambios en el mundo laboral obligan a repensar qué conocimientos y capacidades deben desarrollar las nuevas generaciones. Una educación centrada exclusivamente en transmitir información corre el riesgo de llegar tarde a una realidad que cambia a una velocidad inédita.
Siete preguntas para revisar nuestras escuelas
El Pacto Educativo Global puede convertirse, por ello, en una herramienta de revisión para cada comunidad educativa. No hace falta comenzar con grandes declaraciones. Puede comenzar con preguntas incómodas y concretas.
¿Ponemos realmente a la persona en el centro de nuestras decisiones?
¿Escuchamos a nuestros estudiantes antes de decidir por ellos?
¿Garantizamos que tengan las mismas oportunidades para desarrollar sus capacidades?
¿Caminamos junto a las familias o las convocamos solamente cuando existe un problema?
¿Nuestra escuela es una casa de acogida para quienes viven situaciones de vulnerabilidad?
¿Ayudamos a comprender la economía, la política y el desarrollo desde una perspectiva ética?
¿Cuidamos la casa común mediante prácticas coherentes con aquello que enseñamos?
Responderlas exige mirar la realidad de frente. Una institución puede hablar de inclusión y mantener barreras que excluyen; promover el cuidado ambiental mientras desperdicia recursos; defender la participación estudiantil sin conceder espacios reales de decisión; o hablar de familia sin construir canales permanentes de diálogo con los padres.
Informar, formar y trascender
El Pacto Educativo Global recuerda que educar nunca es una tarea aislada. Cada aula transmite conocimientos, pero también formas de relacionarse, comprender al otro y mirar el futuro. Cada decisión educativa contiene, de alguna manera, una determinada idea de persona y de sociedad.
En esa perspectiva, Educación & Sociedad asume el compromiso de contribuir desde la comunicación a una verdadera “aldea de la educación”: un espacio abierto donde docentes, familias, estudiantes, instituciones y comunidades puedan encontrarse, compartir experiencias y pensar juntos los desafíos que atraviesan la educación.
Informar significa poner los hechos al alcance de la sociedad. Formar implica ayudar a comprenderlos. Trascender supone preguntarse qué podemos hacer con ese conocimiento para transformar nuestra realidad.
El Pacto Educativo Global conserva su vigencia precisamente porque no ofrece una receta cerrada. Propone una conversión de la mirada: pasar de educar cada uno por su lado a reconocer que ninguna generación puede construir sola el futuro. En un país tan diverso como el Perú, esa alianza no es una aspiración abstracta. Puede comenzar en una escuela, en una familia, en una comunidad y en cada decisión que coloque nuevamente a la persona, la fraternidad y el bien común en el centro de la educación.
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